| La odisea de cruzar de Turquía a Georgia |
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| Multi-país |
| Escrito por David Navarro |
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El autobús que cogí en Trabzon (Turquía) hasta Batumi (Georgia). Tuve mi primer hándicap cuando en la ciudad de Sarpi, justo antes de la frontera, nos hacen bajar a los cinco que íbamos a Batumi y con mucha prisa nos hacen subir en otro minibús que iba a reventar. Todo fue en cuestión de segundos. Los asientos estaban menos que los justos, además las maletas encima. La fisionomía de la gente cambió de repente, todos eran georgianos. Seguíamos acercándonos al puesto aduanero. Mientras tanto el conductor se desesperaba pidiendo billetes que la mayoría no enseñaba, sobre todo el sector sur. Tenía mucha pinta de que había más de un listo. Por fin en la frontera, parada obligatoria, todos abajo. Los oficiales turcos esperan. Sin ningún orden se forma una avalancha en el control de pasaportes. Ante la incertidumbre yo y mis amigos éramos los últimos del autobús en bajar, demasiado despiste, pero parecía que estábamos a punto de llegar. Otro autobús deja a más gente y vuelve a crecer la ‘pelota’ humana. Un grupo de unos quince georgianos intenta colarse delante de mí. Uno de ellos se pone junto a mí y comienza a mirarme fijamente con intención de intimidarme. Yo lo miro a los ojos, y lo había conseguido, me intimidó. Interpreté en el idioma internacional que se van a colar y que no se me ocurriera protestar. Así que miré al frente esperando que se aburriera de mirarme y que pasara. Así dejé pasar a tres de ellos y me intercalé con su grupo, no estaba dispuesto dejar pasar a los quince. Eso sí, todos no paraban de intentar descifrar la nacionalidad de mi pasaporte. Muy curiosos. Por fin pasé el lado turco, pero como no un amable agente me invitó a rellenar una encuesta. ¡Vaya tela! Tocó el turno a la parte georgiana. El apelotamiento se multiplicó, el calor apretaba y cuando por fin llegó mi turno, el agente desconocía los acuerdos con mi país. Más retraso mientras averiguaba todo. Pero hay que decir que pusieron mucho interés para hacer las cosas correctamente y finalmente poner el sello de entrada al país en mi pasaporte. Aún quedaba una fase más, el control de equipaje. Sin duda lo peor. Mogollón de señoras con bolsas grandísimas, que formaban autenticas barricadas impidiendo avanzar. Había que luchar por acercarse a la entrada, y en táctica georgiana, una colada por los flancos podía resultar ante ese cuello de botella. A pesar de que nos pusieron mala cara, nos plantamos casi en la puerta, pero aún se veía lejos. Fue entonces cuando un agente nos pregunto el motivo de entrada al país, cuando se enteró que éramos turistas españoles nos dio una preferencia para pasar. Y mejor, recibimos toda su bendición para el disfrute de su país. Todo un símbolo de simpatía. Ahora necesitábamos dinero del país y una oficina de cambio se prestaba para conseguir algo. Gran fracaso, a todos nos dieron dinero de menos, sin recibo y nada para poder reclamar. Mal, esto no me gustó. Pero había otro inconveniente, el autobús, nuestro autobús había salido a Batumi sin nosotros, y para colmo se pone a llover…. Pero al mal tiempo buena cara, apareció un autobús de línea que por muy poco dinero nos dejaba en Batumi. La aventura fronteriza ha durado un tiempo considerable, pero estamos en Georgia.
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Cruzar una frontera por avión, más o menos no tiene secretos: llegas al aeropuerto, pasas los trámites pertinentes y fuera. Pero cuando se trata de pasarla por tierra siempre es una incógnita. Mi experiencia más movida se sitúa en el borde de 

