| Un brindis por ti, Lenin |
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| Escrito por José Manuel García |
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Recogen unos papeles y se van más alegres que unas castañuelas. Juanma y yo entregamos el pasaportes y nos dicen que hemos de recogerlos, previamente visados, dentro de veinticuatro horas.
Excitados ante la inminencia del viaje, regresamos a la redacción de Marca. Todo en orden, máquinas de fotos, ordenador, cuadernos, maletas… hasta el traje de torear de mi hermano Javier. “Mañana por la mañana nos pasamos por la embajada, recogemos los visados y por la tarde, sentaditos en el avión, rumbo a Moscú”. Juanma, cuyo cerebro es un ordenador a bordo, mueve el bigote y cuando lo mueve de esa manera es que, con perdón, anda más feliz que un cochino en un charco. “Pedazo de revolera vamos a dar, mi alma”, contesto con una sonrisa más abierta que las puertas de la catedral en Domingo de Ramos. El Sevilla acababa de fichar a Dassaev, el mejor portero del mundo en aquellos tiempos, que se convertía, además, en el primer futbolista soviético en jugar en España, por lo que el viaje de unos periodistas hasta aquellos confines estaba más que justificado. Lo teníamos todo controlado. En Moscú nos esperarían el intérprete y el corresponsal de Diario/16, Carlos Martín, al que llevábamos una pieza para su ordenador. De Madrid a Moscú, con escala en Franckfurt, que para eso viajábamos en Lufthansa. 12 de noviembre de 1998. Moscú (actual Rusia) nos recibió con las luces apagadas o eso me pareció. El aeropuerto internacional de Moscú me recordó a las viejas películas de Orson Welles, flasches de blanco y negro por todos lados, algún que otro verde sombrío colándose en las escenas, pero mucho blanco, mucho negro, excesiva oscuridad. ¡Qué lejos quedaba Hollywood! ¡Qué lejos Triana!
Juanma y yo nos metimos en unas de las colas que morían en unas cabinas de las antiguas fotomatón. Cuando llegó mi turno, en el otro lado de la ventanilla alguien con una descomunal gorra de plato me pidió mi pasaporte. Era un soldado joven, muy alto, muy serio, con la intención de aprenderse de memoria mi pasaporte y cada letra en cirílico del visado. Al cabo de mucho tiempo, o así me lo pareció, el tipo me hizo varias preguntas en ruso. Deduje que llevaba un mal día, pues llegó a alzarme la voz. Encogí los hombros en señal de desconocimiento. El ofendido soldado llamó a otro soldado, de superior rango, que volvió a estudi
ar cada minúsculo detalle del pasaporte. Cinco minutos más. Saco la cabeza y veo a Juanma, que me pregunta:
--¿Qué pasa? --Eso quisiera yo saber. Ya te cuento. Cuando meto de nuevo la cabeza en la cabina, un tercer soldado, un oficial, no deja de releer mi pasaporte y el visado. Me relata de nuevo en ruso. Me chilla. Yo no puedo encoger más los hombros. Un cuarto oficial llega. Me pregunta en inglés cómo me llamo, qué soy y a qué he venido a la URSS. Le respondo. Me dice por señas que vuelva a la cola, que pase el siguiente. En la cola estoy solo. Y siento que los mismos tipos gritan a Juanma. No oigo ni una palabra del fotógrafo. Sólo voces en ruso. Al cabo de un ratito, Juanma sale con cara pálida. “Me han echado un chorreo espectacular. No entiendo nada y lo peor es que ellos tampoco. ¿Qué hacemos?”. --No tengo ni idea. Juanma, de ésta no nos libramos. Estos mamones nos mandan a Siberia… --¡No jodas! En ese momento alguien, desde lejos, nos hace señas. Es un tipo con un gorro redondo, barbudo y un grueso tabardo de piel. Es el corresponsal de Diario/16, Carlos Martín, que llevaba horas esperando nuestra llegada, pues nosotros llevábamos la pieza de recambio de su ordenador. Nos habla en español y vemos el cielo. No lloro por vergüenza. Juanma y yo hablamos a borbotones. “Nos han dicho, nos han gritado, no entiendo nada, qué hago, qué hacemos, qué pasa, qué pasa…” --Calma, calma, calma. Se adentra Carlos en el siniestro locutorio y sale serio. Su rostro anuda nuestros estómagos. --Problema, chicos. Pero mucha tranquilidad, que esto es la URSS y aquí las cosas se toman con calma. Ya sabéis cómo es la burocracia comunista. Lo malo es que es viernes noche, mañana es sábado y aquí nadie trabaja los sábados ni los domingos. --¡¡¡¿Pero qué coño está pasando?!!! –Aúlla Juanma— El veterano periodista nos contó el pastel. Resulta que era viernes, 12 de noviembre de 1988, qué éramos periodistas, o eso decimos y ponen los documentos que enseñamos, pero nuestro visado no dice exactamente eso, el papel expedido por la embajada de la Unión Soviética en Madrid tiene fecha de entrada en el país el 14 de noviembre de 1988 y que nosotros somos artistas. Ar-tis-tas. --¿Artistas? –Ruge Juanma, más indignado que un perro sin comer. --Pues vaya cante –Añado en chiste, tan oportuno como siempre. Le rogamos al compañero que llame a Madrid, que se ponga en contacto con el periódico y que nuestra gente nos saque del entuerto; que no tenemos culpa de no saber ruso y de que un maldito funcionario ruso, que vivirá, seguro, como un zar en Madrid, se le haya ido la perola con el lío que ha formado. --Tranquilos. Tened paciencia. Todo se arreglará. Mientras, pongan buena cara, pues no podéis hacer nada más. Paciencia, chavales. –Nos dijo el compañero mientras lo vimos alejarse entre un bosque es cristaleras y paredes grises. Estábamos solos Juanma y yo, ‘guardados’ a pocos metros por dos jóvenes soldados, rubios, altísimos, armados con sendos kalachtnikov y gesto de pocos amigos. O sea, Juanma, venimos a Moscú, a hacerle un serial a Dassaev, a vestir de torero a Dassaev, y nos vemos aquí, detenidos. Doy cuatro pasos en dirección a la cristalera. Me sigue uno de los soldaditos e indica que vuelva al sitio. Me da tiempo a ver que fuera sigue nevando copiosamente, que debe hacer un frío de mil pares de demonios, que la noche es cerrada pese a que en España aún caen algunos rayitos de sol. Nos indican donde se encuentran las maletas (sabemos que han sido abiertas), las recogemos y, cargados como mulos por las Alpujarras, salimos por una puerta trasera. Subimos a un destartalado autobús, casi idéntico al que usaron Richard Burton y Clint Eatswood en el “Desafío de las Águilas”, con Juanma, un servidor y los dos soldaditos como únicos pasajeros. El autobús recorre un par de kilómetros sorteando curvas y montañitas de nieve. Se para bruscamente delante de un edificio de seis plantas en medio de la nada. Hay una pequeña recepción, tres bombillas peladas y un funcionario uniformado, que nos mira con despecho y comenta algo gracioso a tenor de la sonrisa que esbozan los clónicos uniformados. Subimos en un montacargas, que nos lleva a tirones hasta la cuarta planta. Llegamos a un habitáculo semioscuro, con dos camas y una mesita de noche. Los muelles de mi cama crujen de puro frío. A los quince minutos nos dicen por señas que le acompañemos, que hay que comer. El comedor es algo más luminoso, pero frío. Varias hileras de mesas rectangulares para dar comida a una legión de huéspedes extraños como nosotros, aunque allí no hay nadie. Nos ponen la comida y me acuerdo de ‘Archipiélago Gulag’: Sopa de caldo donde en el fondo yace algún vegetal sin nombre y de segundo un trozo de salchichón duro como una piedra y otro tipo de chacina autóctona. Sin postre. No probamos bocado. Salimos y nos topamos con una señora con un pañuelo blanco cubriéndole la cabeza. La señora habla con su madelman soviético, que no le presta atención y mira al frente. Nos ve y por pura intuición, o por nuestros bigotes, nos habla: --¿Españoles? Síiiiii. ¡Qué bueno! ¡Re-bueno! Bla, bla, bla… La alegría de contar con alguien que hablaba nuestro mismo idioma se diluyó poco a poco. Ella, madre de mayo de la República Argentina, no pudo o no quiso explicar las razones por las que se encontraba en ese hotel de nadie, y sí hablaba y hablaba de mil nimiedades, de todo menos de Gardel, hasta de Maradona: bla, bla, bla… --Bueno, señora, tanto gusto. --¡Pero no se queda para un cafetito! --Para café estamos nosotros. –Murmuró mi genial Juanma. Nos llevó el guardián hasta nuestro aposento y se encargó muy mucho de cerrar la puerta. Sin llave. A los cinco minutos me entró ganas de hacer un pis y le pregunté al guardián. Por señas me pidió que le siguiera. Era como los servicios de caballeros del Bernabéu antes de la remodelación del difunto Ramón Mendoza. El vigilante me siguió hasta un par de metros. No me quitó ojo. Se lo hice saber a Juanma. --Pues a mí hasta se me ha cortado. Nos acostamos. A la hora llaman a la puerta. Me levantó. Es el teléfono. Al otro lado del teléfono, Manolo Saucedo, nuestro redactor jefe, Dios bendito. Le cuento con premura y arrobas de emoción el incidente. Nos tranquiliza. Dice que se ha puesto en contacto con su amigo Chencho Arias (Inocencio Arias, entonces secretario de Estado de Exteriores) y que enseguida resolverá la situación. Regresamos al habitáculo con la alegría de un niño que sabe que, seguro, en Reyes Magos recibirá el mejor regalo, el cariño de papá y mamá. Dormimos como benditos. Al día siguiente, ya de día, el cielo nos envió cañonazos de haces grises y látigos de frío. Nevaba, aunque a Juanma y a mí nos importó un bledo. Abajo se encontraba un alto funcionario de la Embajada de España en Moscú, que nos recibió con un fuerte apretón de manos. Agarramos el petate y nuestros bártulos y al coche oficial. Nevaba copiosamente, las casas y demás edificios de Moscú nos regalaron una mueca lánguida y descolorida. El Kremlin se puso bigotes y a mí me dio por reírme. “Un brindis por ti, Lenin”. Ya estábamos allí. Dassaev sería otra historia.
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Noviembre de 1998. Mi compañero fotógrafo Juanma Bueno y yo hacemos el último eslabón de una pequeña cola en la vieja embajada de la Unión Soviética (URSS), sita en uno de los primeros brazos de la madrileña calle de Serrano. Delante se encuentra una joven pareja de aspecto agitanado. 
