| Eclipsados por la marcha polaca |
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| Polonia |
| Escrito por Alejandro Luna |
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La ciudad se mostró bastante gris, muy estropeada y oscura. Me impactó por ser la ciudad más vieja que había visto nunca en mi vida y no me refiero a que era antigua. Estaba deteriorada. Como había poco que ver, mi amigo con el que viajaba y yo, decidimos sacar partido a la urbe saliendo de marcha. Nos alojamos en la residencia de mi amigo el becario, curiosamente todas las ventanas estaban empapeladas de papel de aluminio. La respuesta la tuvimos rápido, amanecía a las cinco de la mañana y no había persianas, ni cortinas. El hándicap fue que como hacía calor, había que dormir con las ventanas abiertas. La vida nocturna empezó a cambiar mi idea de la ciudad. Muchísima marcha, chicas guapísima y chicos agradables y tranquilos. Fácilmente conseguimos fundirnos en el ambiente de cada bar. Había uno un poco más sosegado, llamado Kaliska, donde empezar la noche con los primeros vodkas con zumo de manzana. Para seguir con el cuerpo más animado en el Futurysta, ya más de baile. Ya me sentía uno más de la ciudad, así que había que conocerla. Con el tranvía fui al centro comercial Manofaktura, del que dicen que es mayor de Europa. Era una antigua fábrica de ladrillo rojo que le daba un encanto especial, digno de la visita. Pasamos a conocer el entorno y boquiabiertos que había como atracción una pista de volley playa y unas alcantarillas sobre el suelo que un chorro te mojaba para refrescar el calor. Así que lo vimos claro, nos compramos un bañador y nos metimos en la fuente. Lo curioso que observamos que los únicos que se bañaban eran los niños, pero me dio igual, disfruté como ellos. Tras el baño, lo siguiente fue buscar contrincantes para un partido de volley playa. Rápidamente se presentaron unos voluntarios, unos adolescentes, y seguimos con nuestras risas. Nuestros rivales nos dieron un curso acelerado de polaco con las palabras claves para manejarse en la noche. A pesar de la mala impresión que nos causó al llegar, supimos disfrutarla. Ahora queda en el camino como un lugar más que divertido. Por supuesto dio tiempo y aprovechamos para hacer una excursión a Varsovia, viendo la ciudad. Y casualidades de encontrarnos a una amiga, Agatha. Que estudiaba filología hispánica en Granada (España). En un momento nos indicó lo que hay que ver. Primero las murallas de Barbaca y sus alrededores. Bastante curioso, todas muy bien conservadas y lleno de calles con sabor a Europa del este. Con el gusanillo del hambre, nos recomendó comer en Podvala, perfecto para degustar el Golonka, una porción de carne como si se hubiera echado con una manquera pastelera con un hueso en medio y rodeada de grasa. Exquisito. Agatha se prestó para llevarnos de marcha. Los bares más de moda, hasta que acabamos en el Seeshaa, que fue el que nos sedujo y nos atrapó toda la noche. Especialmente por su ‘arab-beat’ y su ambiente. Nos gustó tanto que in extremis cogimos el avión gracias a una simpática polaca que nos llevó desde allí al aeropuerto. Una pena terminar ahí la noche porque a las siete de la mañana se continúa en una disco llamada La Playa, un after para continuar hasta el amanecer. Quizás en otra ocasión.
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Aprovechando que un amigo estaba en Polonia con una beca, fui allí, concretamente a una ciudad emergente arquitectónicamente hablando como es Łodz.
