| El fútbol me hizo cruzar el Atlántico |
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| Países Bajos |
| Escrito por José Enrique Martínez |
Aunque haya quienes piensen que el fútbol sólo son dos equipo de once jugadores o jugadoras detrás de una pelota, pocas cosas te permiten viajar tanto, o mejor dicho, te animan a viajar tanto como disfrutar de tu equipo y un buen fin de semana en la ciudad del equipo que visitas, y si encima, es una final, no hay mejor premio que ser aficionado a unos colores.Empezamos por una de las emocionantes, la que en 2005 me unió con las ciudades holandesas de Maastricht, Eindhoven y Amsterdam. La distancia desde la que me desplacé sería anecdótica si no fuera porque tuve que cruzar un océano para llegar a ese país que tiene una buena parte de su territorio bajo el nivel del mar. Pero curiosamente, aunque Guatemala –sí, Guate- esté lo suficientemente lejos para desistir en el intento o pensártelo muchas veces, finalmente, la oportunidad única, muchas búsquedas en internet, alguna desgravación del IVA local y la suerte de estar en temporada baja, me permitió ver a mi equipo en su primera final europea, casi al mismo precio que mis amigos hinchas pagaron por su vuelo desde la ciudad de origen. Claro, en horas la comparación no resiste, pero mereció la pena, y no sólo en lo futbolístico. El aeropuerto de llegada fue Schiphol, tras más de 20 horas de viaje y una escala en México DF. Se trata de un aeropuerto-estación a unos 20 kilómetros de Amsterdam, pero un amigo y un techo y un sofá cama ofrecido por éste, al que conocí precisamente en Guate, me dirigió en tren hacia Maastricht, ciudad todavía fría en aquel mayo del 2005, pero además, limpia, agradable, tranquila, cómoda y con un par de garitos donde se comía y se disfrutaba en su plaza central de una larga cerveza con poca, pero buena compañía. En esta ciudad le tienen mucho aprecio a los estadounidenses, y se puede ver en las constantes referencias a lo largo de sus calles y puentes, y es que no olvidan que fueron liberados por las fuerzas aliadas comandadas por el ejército norteamericano, tras una dura ocupación alemana durante la segunda guerra mundial. Al día siguiente, por la eficiente línea férrea holandesa, me dirigí ya casi con bufanda en mano a Eindhoven, donde obviando intencionadamente lo sucedido en el partido que nos reunió a miles de sevillistas (para eso están las crónicas deportivas) disfruté de buen tiempo, buena cerveza, buenos amigos y un recibimiento del personal local, como para no olvidar. Eindhoven es una ciudad donde la Philips siempre están presente, y me reafirmo en los adjetivos ofrecidos a Maastricht, limpia, agradable, tranquila –menos aquellos días-, cómoda, y le añado acogedora. Me dejó un buen recuerdo, mejor dicho, inolvidable. Market Place fue el centro neurálgico desde donde recorrimos sus peatonales calles. Ya se acabó el fútbol y todavía me quedaban días y en los llamados Países Bajos me faltaba una visita ineludible: Amsterdam. Mercados, canales, parques, coffeeshop, exposiciones, bicicletas, casa de Anna Frank, tranvía, barrio rojo, puentes, Museo Van Gogh... todo eso y mucho más se pueden disfrutar en esta fantástica ciudad. Además, otro amigo y su pequeñito apartamento en la buhardilla de un típico edificio de la ciudad me hicieron mucho más agradable la estancia. Pero hubo que volver, y las siempre duras veinte... y pico horas previstas de regreso se hicieron más agradables con el vuelo de KLM donde la tripulación es de lo mejor que te puedes encontrar cerca del cielo, y si te gusta el chocolate, puedes darte todo un homenaje de mars y m&m’s durante todo el viaje... yo preferí soñar con otra final.
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Aunque haya quienes piensen que el fútbol sólo son dos equipo de once jugadores o jugadoras detrás de una pelota, pocas cosas te permiten viajar tanto, o mejor dicho, te animan a viajar tanto como disfrutar de tu equipo y un buen fin de semana en la ciudad del equipo que visitas, y si encima, es una final, no hay mejor premio que ser aficionado a unos colores.
