| Tomarse una pinta (o dos) en Temple Bar |
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| Escrito por Daniel Pinilla |
Nos fuimos trece tíos a pasar un par de días en Dublín (Irlanda) en formato despedida de soltero express y la verdad es que la cosa no defraudó en absoluto. La capital de la verde Irlanda puede no tener el encanto que se le presupone a otro tipo de ciudades del norte de Europa, pero le cabe perfectamente una (o varias visitas). Lo mejor de Dublín es que es una ciudad bastante manejable y no parece tener muchos problemas con el tráfico, lo que se agradece en cuestión de ruidos y humos. Nada más aterrizar, nos fuimos a nuestro hostal, situado en Gardening street (hay montones de ellos en esa zona). El nuestro en cuestión se llamaba Abraham house y respondió exactamente a lo previsto: mobiliario espartano, pocos lujos, pero limpio y con váter privado en una habitación para diez personas (el resto de la expedición se fue a un lujoso hotel de cuatro estrellas, así son ellos...). Además había internet gratis y desayuno incluido. Poco más se puede pedir en el primer mundo por veinte euros por persona y día. Sin anestesia nos tiramos a la zona de Temple Bar, unas pocas calles junto al río Liffey. El legado celta se transpira allí más que en otras partes de la ciudad y para hacernos a la idea de que estábamos de fiesta nos fuimos directos a un pub, el Temple Bar se llama, como su barrio. Nos liamos a pintas y gin tonics sin compasión y en poco rato nos habíamos hecho populares. La gente se tiraba fotos con nosotros y comenzaron las avanzadillas. Como toda buena despedida de soltero que se precie, el relato de la misma está convenientemente mutilado... Nos pegamos en el bar horas como si fuera una peonada. Lo bueno de Temple Bar es que todo está a un minuto y hay un montón de bares con ambiente, incluso fuera del fin de semana. Eso sí, no salen muy baratas las copas y además son pequeñas. Craso error. Al día siguiente nos fuimos a visitar la fábrica de Jameson, ese whisky que tantas veces nos ha acompañado, y más al novio. La vieja destilería está dentro de Dublín y se puede ir caminando desde el centro. En el bar obviamente sólo hay Jameson, pero lo sirven en una excelente cristalería. La visita en sí no está mal: te plantan un audiovisual, te enseñan cómo se fermenta el licor y al final te dan unos minivasos en plan degustación, de diferentes marcas, para ver cómo anda el personal de paladar. Incluso te entregan un diploma de asistencia. Vamos, que ya te puedes emborrachar con papeles.
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Nos fuimos trece tíos a pasar un par de días en Dublín (Irlanda) en formato despedida de soltero express y la verdad es que la cosa no defraudó en absoluto. La capital de la verde Irlanda puede no tener el encanto que se le presupone a otro tipo de ciudades del norte de Europa, pero le cabe perfectamente una (o varias visitas). 
