|
La siguiente escapada fue a Bilbao, con nuestra buena amiga Garbiñe, Inmaculada en castellano. Nos citamos en las famosas torres de Isozaki, cerca del impresionante museo Guggenheim y la ría. Todo este espacio ha sido reurbanizado consiguiendo recuperar para la ciudad amplias zonas de recreo. Nos perdimos por su casco viejo y admiramos la cúpula de la parroquia de nuestra señora de Begoña.
Paseamos por la Gran Vía con una bonita y cuidada iluminación navideña. Y nos adentramos por ser domingo de fútbol en el ambiente de San Mamés y el ritual previo de un partido en la Catedral. Para acabar cogimos el Puente colgante y nos fuimos a Las Arenas a tomar unos pinchos con zuritos y bailar un poco.
El último día de excursiones lo dedicamos a Pamplona, su plaza consistorial desde donde meten el chupinazo, más pequeña de lo que se ve en la tele, y como no, la famosa curva de la Estafeta, pero esta vez sin toros. Por la tarde para rizar el rizo paramos a tomar café a una ciudad señorial donde las haya, San Sebastián, bañada por el mar Cantábrico y su famosa Playa de la Concha enmarcada entre el monte Igeldo y monte Urgull. Recorrimos su barrio pesquero, entre el club naútico y el acuario. También llama la atención el Kursaal, auditorio y palacio de congresos, obra de un arquitecto de prestigio, el navarro Rafael Moneo.
El fin de fiesta fue en Zarautz villa turística y surfera conocida como "La Reina de las Playas". Curiosamente en una taberna coincidimos con Rafita, un trianero amigo del senderismo que había aprovechado el puente para recorrer sus parajes y acantilados. Con él regresamos a la cultura de los pinchos y los zuritos y en su mercadillo medieval volvimos varios siglos atrás y nos hizo sentirnos parte de una película de Robin Hood. Bueno mejor de Little John, porque de tanto comer y beber más nos parecíamos al orondo fiel escudero de Robin. Pero en definitiva, era de lo que se trataba...
Javier Plaza
 |