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Agosto en Lanzarote. El horizonte de la tierra negra contrasta con el azul del mar, visible desde cualquier punto de la isla. Los turistas que visitan los cráteres del Timanfaya se cruzan, en la pequeña carretera que se dirige a este Parque Nacional, con vehículos que arrastran remolques llenos de uvas blancas y rojas. Son los viticultores más rezagados, que apuran los últimos días de campaña para vender el fruto de las vides de sus pequeñas parcelas. Y es que, a estas alturas, la primera vendimia del calendario agrícola europeo está a punto de concluir.
En total, la isla canaria obtiene en torno a un millón y medio de kilos de uva, según el Consejo de la Denominación de Origen.
Es una cantidad muy modesta en relación a las grandes regiones productoras de España, pero estos frutos tienen un valor distinto que no se mide en toneladas, ya que son el resultado de uno de los viñedos más insólitos y espectaculares del planeta.
Esto se debe a la convulsa historia volcánica de esta isla del Archipiélago, que César Manrique definió como "una quemada geología de cenizas en medio del Atlántico".
En concreto, el episodio más dramático y condicionante fue la erupción del Timanfaya en el siglo XVIII, que dejó gran parte de las tierras fértiles recubiertas de una densa capa de lava y arena volcánica.
Y este hecho es, precisamente, el que originó la insólita historia vitivinícola de Lanzarote. Tras el estallido de las montañas de fuego, para que una vid (o cualquier otra planta) fructifique es preciso "ahoyar" o apartar la tierra volcánica manualmente en amplias regiones de la isla. A pesar de las escasas lluvias, la superficie mineral recoge la humedad de los vientos alisios y la filtra hasta la segunda capa de tierra, lo que propicia que brote la cepa.
En torno a ésta, además, es necesario levantar un pequeño muro que proteja la planta de los vientos constantes. Este complejo proceso obliga a que las labores de plantación y recolección se hayan resistido a la mecanización y sigan siendo manuales.
En medio de este viñedo imposible, el viajero puede visitar la bodega El Grifo, cuya fundación data de 1775, lo que la convierte en la más antigua de las islas Canarias y una de las diez más veteranas de España. "La viña se mantiene gracias al esfuerzo y dedicación de los viticultores, ya que en Lanzarote no hay grandes fincas y la media es de poco más de una hectárea por agricultor”.
Quienes quieran llevarse un recuerdo de esta vendimia, deben saber que el caldo más conocido dentro y fuera de Canarias es el Malvasía Seco, pero los sumilleres también valoran mucho el Canari, un dulce al que era muy aficionado Carlos III.
Las particularidades de estos vinos hacen que Lanzarote tenga su propia denominación de origen. Junto a la veterana Bodega del Grifo hay otras enseñas más pequeñas y recientes como Bermejo, Montaña Clara o Reymar, que completan el panorama de una veintena de empresas que mantienen vivo el singular paisaje de la isla.
Todas estas bodegas propician que, tal como señala el consejo de la DO Vinos de Lanzarote, "la viticultura de la isla sea uno de los ejemplos más patentes de la lucha dramática del hombre y el medio", ya que "el viticultor, después de librar una gran batalla con la lava en busca de la tierra vegetal, tiene que bregar también con la escasez de lluvias". Una vendimia singular que da el pistoletazo de salida al resto de regiones de Europa.
Luis Montoto
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