| La fantasía de la bahía de Halong |
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| Vietnam |
| Escrito por David Navarro |
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La bahía de Halong, es uno de los atractivos más grandes de Vietnam, lo forman un conjunto de más de 3.000 islas, aunque el guía decía la cifra de 10.000, para cualquier caso, son muchísimas. La mayoría de ellas en forma de montaña redondita, estilo las que salen en “Bola de Dragón” cuando Goku vuela con su nube. La excursión comienza en Hanoi, nos vamos con un tour, nos recogen en una furgoneta y empezamos a recoger gente para formar un grupo de 16 y coger el barco. Yo tenía confianza de que se montara gente apañada para estar dos días encerrados en un barco, pero la suerte no se alió con nosotros, se nos mete todo el “Inserso” japonés en la furgoneta. Vaya viaje que me dio la abuelita que se sentó junto a mí. La mujer se quedaba dormida en mi hombro y en mi brazo, de vez en cuando se despertaba, me miraba, se reía y al minuto la tenía otra vez en el hombro. Menos mal que 3 horas pasan rápido y por fin llegamos a Halong Ciudad. Allí nos juntamos muchísimas furgonetas, de muchísimos tour y muchísimos barcos. La sorpresa fue cuando nos separaron de nuestro equipo de viejecitos y nos mandan a otro barco…todavía había esperanza…
El barco era de dos plantas, la primera los camarotes, las segunda el comedor con cristaleras y una azotea con tumbonas para ver el paisaje. Nuestro barco fue víctima del caos organizativo y nos complicó el viaje. Supuestamente nuestro barco hacía un viaje de dos días, pero había dos catalanas que se montaron solo para que las llevaran a una isla y dejarlas allí, después había dos parejitas, una de Francia y otra de Alemania, que ambos tenían contratado tres días, y el resto de la tripulación era otra parejita de alemanes y tres cincuentones de Malasia. Menudo follón, fuimos el último barco en zarpar, pero por lo menos lo hicimos. Nos llevaron primero a ver una gruta, impresionantemente grande, esa isla estaba totalmente hueca por dentro. Durante el viaje no hacíamos más que abrir la boca del asombro de la belleza del paisaje, islotes de forma tan redonda, recubiertos de tanto verde y águilas sobrevolando a nuestro rumbo. Al dejar las catalanas en una especie de casa flotante, porque estas islas están deshabitadas, y la gente vive sobre el mar, es como en la película de waterwar, donde se construyen plataformas con maderas sobre bidones llenos de aire. Aprovechan entre los huecos para criar pescado. Las casitas, muy apañadas, están sobre una planta de superficie más sólida….aparentemente. Cuando fuimos avanzando vimos autenticas ciudades flotantes, increíble la capacidad del ser humano para sobrevivir al medio. Cuando paramos el barco venían mujeres con una barca ambulante y se quedaban pegadas al barco y mirando durante horas para ver si le comprábamos algo. Un extraño medio de ganarse la vida. Ya por fin, nos dejaron hacer algo y nos dieron unos kayaks. Me fui de pareja con Quique y a dar vueltas por ahí, es como estar en un lago, el mar está como un plato debido a que el numeroso grupo de islas protegen la zona de la acción del mar y el viento. Tras dejar el kayak aprovecharnos para bañarnos, todo un lujo, el agua está calentita. Era muy divertido saltar desde lo más alto del barco, desde unos 15 metros. La primera vez que lo intenté me di la vuelta ¡estaba muy alto! Pero luego engancha tirarse, aunque siempre con respeto por la altura. Seguimos nuestro viaje hasta llegar a un sitio de película, entramos por un canal de agua hasta una laguna que formaba un círculo perfecto rodeado de montañas verdes y ni un solo rastro de vida humana alrededor, y con la noticia de que atracábamos para pasar allí la noche. Se prometía una noche tranquila tranquila, ya que eran las 7 y solo la luz de la luna nos mostraba la belleza que nos rodeaba. Como buenos previsores, habíamos comprado un par de botellas de whisky nacional y unas latas de coca cola para alegrar y disfrutar de una copita a la luz de las estrellas. Pero tras la cena, como éramos cuatro gatos los que habíamos en el barco, invitamos a unas copitas a los franceses, luego al alemán, y el resto quería también pero no había más vasos, ni hielo…así que encontramos la solución…jugar al recurrente “juego del duro” con un solo vaso. Como normas pusimos que el que colara el duro, elegía carta (aprovechando la baraja que traía Carmen) o regla. Cartas, consistía en repartir una carta a cada uno, y el que le tocara el número más bajo se tenía que beber un tapón de whisky. En cambio Regla, era poner una norma, que en caso de no cumplir, bebías un tapón de whisky. Poco a poco teníamos muchas reglas, con lo que las rondas se hacían larguísimas y casi siempre caían varios chupitos por tirada, y así cayo las dos botellas de whisky y como el juego estaba en plena salsa compramos en el barco una botella de vodka Hanoi, malísimo, pero también cayó, ya bastante borrachos, fuimos por la segunda botella de vodka Haaa-nooo-iiii…. y cayó la botella y alguno también cayo k.o. y sin alcohol terminó el juego. Intentamos bañarnos, pero la tripulación nos pidió por favor que no, porque hacía dos semanas se murieron dos americanos que iban borrachos. Al final no lo pusimos en el compromiso y después de un rato en el tejado del barco disfrutando del entorno, comenzó la segunda parte de la noche…. A Quique y a mí nos dieron la habitación cerca del motor del barco, el ruido era insoportable, pero lo peor, cama de matrimonio para los dos y con una temperatura de 60ºC dentro de la habitación. En dos horas en la habitación sudamos todo el whisky y el vodka…cuando reaccionamos estábamos bañados en sudor…en un gesto de supervivencia y viendo que era imposible pasar más de un minuto allí nos fuimos a cubierta. Allí la temperatura era agradable, y nos tumbamos en las “comodísimas” tumbonas del barco, madera madera y dura dura, casi como dormir en el suelo de mi casa. Además nos salieron nuevos amigos, los mosquitos, a pesar de estar muerto de sueño y que no podía pegar ojo con tanto picotazo no tenía nada de fuerzas para ir por el repelente…que dilema…. Pero eso no queda ahí, a eso de las 4 de la mañana comenzó a llover y no fuimos capaces de movernos durante media hora a pesar del agua, pero gracias a un arranque de coraje logramos llegar al restaurante, y por fin en el sillón conseguí dormir…aunque solo una hora, porque entonces el barco arrancaba motores para partir. Nos despedíamos del paraíso.
Dejamos a los franceses y una de las dos parejas de alemanes en una isla para que hicieran un trekking y para seguir con nuestros barco lleno de incidencias, recogimos a los pasajeros de un barco que se había roto, más pérdida de tiempo, ya que en el programa teníamos que parar en una playa y “pa colmo” me lo suspenden por culpa de recoger a esos pasajeros y tomamos dirección puerto ¡¡¡¡NOOOOOO!!!!!!! Entonces empezó mi trabajo. En un trabajo muy muy mío de comedero de cabeza convencí tras durísimas negociaciones y con fuertes alianzas dentro del barco a la tripulación y al capitán para que el camino de vuelta pararan 20 minutos para bañarnos, y es que no podía despedirme de esto sin sentir el agua cálida de la bahía. Ay qué buena estaba el agua, ¡¡¡¡¡ole ole ole!!!!! Con mucha pena regresamos a tierra tras dos días en el barco, pero sin duda la bahía de Halong es de los sitios que marcan en esta vida, desde luego si puedo volveré para llenarme de nuevo.
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