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Las Islas Phi Phi (pertenece a Krabi, una provincia al sur de Tailandia), ese paraíso que el común de los mortales descubrió por la película The Beach, protagonizada por Leonardo DiCaprio se ha convertido por esto de la globalización en uno más de los puntos de excesos, desenfreno y diversión repartidos por el mundo. Si los españoles elegimos Punta Cana o la Riviera Maya. Escandinavos, americanos, australianos tienen como punto de destino Tailandia y todos sus lugares sagrados y no tan sagrados.
Pues en ese contexto nos encontrábamos nosotros, dos sevillanos en busca de emociones. La primera misión era montar un equipo. Ya contábamos con Kristy, una chica americana que nos acompañaba en nuestro periplo por la antigua Siam. Congeniamos con un zagal irlandés de año sabático que acababa de empezar la aventura de recorrerse el mundo con una mochila. Y un sueco que buscaba placeres exóticos.
El resto fue llegando solo, conocer gente en lugares así es fácil, basta con arrimarte a una barra y encuentras conversación. Así llegamos a Clay, canadiense gracioso que nos inició en el mundo de la noche isleña. Llevar dos días en un sitio como este ya supone haberte habituado a las rutinas de la isla, a sus chaparrones inesperados, a su humedad y a sus brochetas con guindillas, de las que hay que cuidarse mucho por si no quieres tirarte el resto del viaje a base de manzanas.
Alcanzamos el zenit de la noche en un garito que ofertaba exhibiciones de combate típico tailandés y como cierre de la velada la posibilidad de participar activamente en el espectáculo, enfrentándote tú mismo a algún fornido luchador. Pues el mozo irlandés, con alguna copita de más se vino arriba y subió al ring dispuesto a hacerse con el cinturón de campeón simbólico, puesto que el auténtico premio no pasaba de unos buckets gratis de alguna bebida alcohólica de garrafón.
La situación se complicó al ver el perfil del rival de nuestro chico. Una pequeña mole de algún país escandinavo hipermusculada, y ya empezábamos a temernos lo peor. Al tercer asalto y tras un empate técnico en los dos primeros, carreras, golpes al aire y patadas voladoras, un arreón de orgullo británico consiguió acorralar y echar del cuadrilátero a su contrincante, con tan mala fortuna que se le salió el hombro. Allí estábamos nosotros, en plan Miyagi de Karate Kid o Paulie el cuñao de Rocky, sintiéndonos parte importante del show, aunque el que encajase los golpes fuese otro. Gracias a dios el incidente hizo que todos nos ahorrásemos unos trompazos y conseguimos acabar tan contentos ¡y a celebrándolo como merecíamos!
Javier Plaza
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