Penang, encanto colonial británico en el Estrecho de Malaca PDF Imprimir E-mail
Malasia
Escrito por Esteban González-Camino   

Vista de uno de los templos del complejo de Kek Lok Si y falda de las colinasUn tren que atraviesa selva y arrozales nos había traído desde Kuala Lumpur hasta Butteworth, y allí, de los diferentes medios disponibles para llegar a la isla de Penang, optamos por el ferry. Viniendo desde Singapur por la costa occidental de Malasia peninsular, Penang era una visita obligada en nuestro periplo hacia Tailandia. El tránsito del South Channel o Estrecho de Penang –en el norte del famoso Estrecho de Malaca- ofrecía unas vistas impresionantes: a un lado, el imponente Penang Bridge, con sus más de ocho kilómetros de pilotes sobre el Índico y, al frente, las altas colinas verdes de la isla de Penang, o Pulau Pinang en bahasa malayo. Si en Tailandia el nombre de todas las islas viene precedido por el vocablo Koh (Koh Phi Phi, Kho Samui, etc), en Malasia lo hace del término Pulau (Pulau Langkawi, Pulau Perhentian, etc), que en ambos casos significa “isla”.

Tras el frescor del paso en ferry, el atraque nos devuelve al omnipresente bochorno de estas latitudes, y sudamos la gota gorda cargando las mochilas. Nos alojamos en Georgetown en el hostal Huttonlodge, recién abierto, pero que nos ha seducido con su fachada colonial, y que resulta un acierto si se busca tranquilidad y un precio contenido.

Decidimos alquilar un scooter para movernos con mayor libertad. Tras comprar los billetes del funicular para subir a Penang Hill, que tiene largas esperas, nos dirigimos al templo budista de Kek Lok Si, el mayor de Malasia -país donde, aunque el Islam es la religión oficial, se reconoce el culto a otros credos- y que se levanta en la cima de la colina Ait Itam. A veces, la pendiente es tan pronunciada que los 150 cc de nuestro scooter de fabricación china no bastan. Isabel, más liviana, sí es capaz de subir esos tramos montada sola -¡conmigo patina y no puede ni yendo solo!-, mientras que a mí me toca hacerlo a pie. Bien vale la pena, pues el complejo del templo es sobrecogedor, con sus muchas salas, patios y pagodas, como la de los diez mil budas, que nos deja con la boca abierta. Con todo, se ven zonas en obras, pues siguen ampliándolo. Nos sorprende uno de los estanques en el que se hacinan centenares de “tortugas de los templos”, una especie típica del sudeste asiático, enormes, con unos caparazones de deben medir medio metro de largo.

Malasia no es un país muy puntual, sino que lleva el reloj adelantado. No debe sorprender que el autobús salga antes de lo previsto o… ¡que nuestro funicular se marche cinco minutos antes de la hora indicada en el billete! Son comprensivos y, afortunadamente, nos acomodan en el siguiente viaje. Penang Hill, con sus más de 800 metros , era el lugar elegido por algunos privilegiados –inicialmente ingleses, luego familias locales acaudaladas- para construir sus mansiones huyendo del calor pegajoso, algunas de las cuales vemos al trepar la falda de la montaña. Las vistas desde arriba son esplendidas, en particular al atardecer, hay muchos senderos para pasear y quioscos donde comer, por lo que se añade a los lugares más recomendables en Penang.

Torre del RelojPrescindimos del Georgetown moderno con sus altos edificios –y el rascacielos y centro comercial Komtar, referencia obligada para situarse en la ciudad-, y nos dirigimos al centro histórico de la ciudad, que unos meses después de nuestra visita pasó a formar parte del patrimonio de la humanidad de la UNESCO  (y nosotros sin habernos enterado hasta hoy).  Allí destacan el Fuerte Cornwallis, del cual quedan fundamentalmente sus anchos muros, y el distrito colonial. Tratándose del más antiguo de los enclaves británicos del Estrecho de Malaca, ofrece lo que uno espera de la arquitectura colonial en Asia, con impresionantes edificios, aceras porticadas y casas con las típicas contraventanas con láminas de madera, propias de una ciudad de población fundamentalmente china como es Penang. El scooter pide un descanso y este área un paseo tranquilo, pasando por la torre del reloj, el Ayuntamiento y el Consistorio, entre otros edificios. Continuamos Beach Street hasta llegar al Eastern & Oriental Hotel, que destila el mismo halo de lujo y glamour de otra época que el Hotel Raffles de Singapur, no en vano fundado por los mismos hermanos armenios a finales del s. XIX. Con sus 257 metros prometía ser “la mayor longitud de fachada frente al mar” del mundo. Tras sus blancos muros, encontramos que en uno de sus salones celebran una boda. ¡Qué diferentes son las bodas en cada lugar y cuánto dicen de la cultura local! Un concentrado de las costumbres.

Se quedan lugares por ver, como el Templo de la Serpiente, u otros que no nos interesan mucho, como Little India, pues todas acaban pareciendo iguales, con templos muy similares y la música de Bollywood a volumen atronador en los comercios. O el no haber satisfecho la curiosidad de visitar el alojamiento de Ted Simon en Penang durante su vuelta al mundo en una Triumph, con sus momentos agridulces, tal como cuenta en Riding High, la secuela de sus Viajes de Júpiter, y cuyo relato incrementaba mi gusanillo por conocer esta isla. Pero Penang ha valido la pena, quizás también por su valor histórico, como nos pasó con Malaca un poco antes. Es tiempo de marcharse, siempre hacia el norte, pero antes de llegar a Tailandia, otro barco debe llevarnos a Langkawi, o Pulau Langkawi, el archipiélago malayo de las 99 islas, no en busca de historia, sino de arena blanca, playas y, con suerte, un poco de buceo.


Esteban González-Camino

Comentarios (1)Add Comment
0
luigi
septiembre 24, 2009
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gran historia, muy instructiva. sorprendente q los malayos vayan con el reloj adelantado, no me pegaba en esas latitudes..

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