| Penang, encanto colonial británico en el Estrecho de Malaca |
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| Malasia |
| Escrito por Esteban González-Camino |
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Tras el frescor del paso en ferry, el atraque nos devuelve al omnipresente bochorno de estas latitudes, y sudamos la gota gorda cargando las mochilas. Nos alojamos en Georgetown en el hostal Huttonlodge, recién abierto, pero que nos ha seducido con su fachada colonial, y que resulta un acierto si se busca tranquilidad y un precio contenido. Decidimos alquilar un scooter para movernos con mayor libertad. Tras comprar los billetes del funicular para subir a Penang Hill, que tiene largas esperas, nos dirigimos al templo budista de Kek Lok Si, el mayor de Malasia -país donde, aunque el Islam es la religión oficial, se reconoce el culto a otros credos- y que se levanta en la cima de la colina Ait Itam. A veces, la pendiente es tan pronunciada que los 150 cc de nuestro scooter de fabricación china no bastan. Isabel, más liviana, sí es capaz de subir esos tramos montada sola -¡conmigo patina y no puede ni yendo solo!-, mientras que a mí me toca hacerlo a pie. Bien vale la pena, pues el complejo del templo es sobrecogedor, con sus muchas salas, patios y pagodas, como la de los diez mil budas, que nos deja con la boca abierta. Con todo, se ven zonas en obras, pues siguen ampliándolo. Nos sorprende uno de los estanques en el que se hacinan centenares de “tortugas de los templos”, una especie típica del sudeste asiático, enormes, con unos caparazones de deben medir medio metro de largo. Malasia no es un país muy puntual, sino que lleva el reloj adelantado. No debe sorprender que el autobús salga antes de lo previsto o… ¡que nuestro funicular se marche cinco minutos antes de la hora indicada en el billete! Son comprensivos y, afortunadamente, nos acomodan en el siguiente viaje. Penang Hill, con sus más de 800 metros , era el lugar elegido por algunos privilegiados –inicialmente ingleses, luego familias locales acaudaladas- para construir sus mansiones huyendo del calor pegajoso, algunas de las cuales vemos al trepar la falda de la montaña. Las vistas desde arriba son esplendidas, en particular al atardecer, hay muchos senderos para pasear y quioscos donde comer, por lo que se añade a los lugares más recomendables en Penang.
Se quedan lugares por ver, como el Templo de la Serpiente, u otros que no nos interesan mucho, como Little India, pues todas acaban pareciendo iguales, con templos muy similares y la música de Bollywood a volumen atronador en los comercios. O el no haber satisfecho la curiosidad de visitar el alojamiento de Ted Simon en Penang durante su vuelta al mundo en una Triumph, con sus momentos agridulces, tal como cuenta en Riding High, la secuela de sus Viajes de Júpiter, y cuyo relato incrementaba mi gusanillo por conocer esta isla. Pero Penang ha valido la pena, quizás también por su valor histórico, como nos pasó con Malaca un poco antes. Es tiempo de marcharse, siempre hacia el norte, pero antes de llegar a Tailandia, otro barco debe llevarnos a Langkawi, o Pulau Langkawi, el archipiélago malayo de las 99 islas, no en busca de historia, sino de arena blanca, playas y, con suerte, un poco de buceo.
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Un tren que atraviesa selva y arrozales nos había traído desde Kuala Lumpur hasta Butteworth, y allí, de los diferentes medios disponibles para llegar a la isla de Penang, optamos por el ferry. Viniendo desde Singapur por la costa occidental de Malasia peninsular, Penang era una visita obligada en nuestro periplo hacia Tailandia. El tránsito del South Channel o Estrecho de Penang –en el norte del famoso Estrecho de Malaca- ofrecía unas vistas impresionantes: a un lado, el imponente
Prescindimos del Georgetown moderno con sus altos edificios –y el rascacielos y centro comercial Komtar, referencia obligada para situarse en la ciudad-, y nos dirigimos al 
