| China o el origen de todas las cosas |
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| China |
| Escrito por Erika López |
Tras un viaje de regreso de más de cuarenta horas y un aterrizaje de emergencia en Moscú (con kazas rusos incluidos), he vuelto ya del país en el que se fabrican todas las cosas que tenemos. No he sentido el embrujo de Shangai ni he estado cincuenta y cinco días en Pekín, pero he vivido mil aventuras y decenas de anécdotas. China es un país lleno de contradicciones. Profesan el budismo y la meditación y el que menos trabaja catorce horas diarias. Hablan de la armonía del entorno y la belleza, y escupen, eructan y otras cosas sin pudor allí donde van. Son 1.300 millones de ellos, y sólo he visto a una mujer embarazada. Tienen una gran cultura gastronómica, y no he visto a ningún chino gordo, en serio. Pero es sorprendente. Inventan leyendas, todo el país está plagado de cosas que, si las tocas, te dan longevidad (según esto, viviré al menos doscientos años) y ponen nombres cursis a los lugares ('el lago de las tres pagoditas reflejadas en la luna', ¿a quién se le ocurrió ese nombre?). Los chinos son feos. Ellas son más atractivas y llevan un look a lo ‘hello Kitty’ muy alegre que me encanta. A todo lo que se come le echan pimentón y canela. No saben conducir sin producir pánico. Serían capaces de vender hasta a sus madres (con regateo, por supuesto). No entienden la mímica occidental (su lenguaje es tan distinto...) y tienen una cerveza maravillosa que se llama Tsing Tao. La ciudad que más me ha fascinado es Xian, aunque guardo momentos mágicos de Guilín y Sanghai. Lo mejor, la cultura tan rica que tienen, el colorido con que pintan los lugares y los pubs con ‘live music’. Lo peor, los momentos de ‘humor amarillo’ vividos; esos chinos corriendo y colándose en todos los sitios. He llegado a pensar que, como son tantos, han tenido que agudizar su instinto de supervivencia. He aprendido muchísimo. He reído sin parar.
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Tras un viaje de regreso de más de cuarenta horas y un aterrizaje de emergencia en Moscú (con kazas rusos incluidos), he vuelto ya del país en el que se fabrican todas las cosas que tenemos. No he sentido el embrujo de Shangai ni he estado 
