| La emoción de navegar hacia el Salto Ángel |
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| Venezuela |
| Escrito por David Navarro |
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Al ser temporada seca, el río está con un nivel bajo de agua, lo que ha provocado que algunas agencias suspendan la excursión. Afortunadamente Kavac sigue adelante con los planes. Primero nos montamos en una 'curiara' para unas 17 personas. En el momento de embarcar me separan del grupo y caigo con un grupo de quince holandeses. Todos con el mismo traje de baño – bastante feo – y uno portando un ukelele. Tras unos diez minutos nos paran para hacer un tramo a pie. Una tienda de souvenir en medio de la nada en la que nos dejan practicar con la cerbatana. Con un tiro certero supero al guía, éste se puso a limpiarla a conciencia y en su segundo intento me superó. Por lo menos ninguno de los holandeses logró afinar más que yo. Un pequeño triunfo. Seguimos caminando bajo el sol durante veinte minutos o quizás treinta hasta llegar a la ‘curiara’ que nos lleva hasta unas cascadas. Allí hay que bajarse mientras los guías remontan la cascada con las embarcaciones.
Cuando se divisa el tepuy con forma de U, del cual se dice que una vez al año sale el sol por ese punto, se cambia al río Churún. Aquí es donde empieza la emoción. Cada poco tiempo, la ‘curiara’ se encalla en el fondo. Así que toca bajarse para empujar. Al grito de Ladimir (el guía), todos los hombres saltamos y empujamos, mientras las mujeres animan desde dentro. La corriente y las piedras dificultan nuestro trabajo. Con cada logro, nos premiamos con un tapón de ron Cacique. En uno de los muchos momentos de arrastre, una ‘curiara’ plagada de holandeses nos superan. Empujan con más fuerza que nosotros, la forma física y el número son razones de peso. El horario no lo tenemos con nosotros, ya que la noche cae pronto sumado a que el río lleva poco agua como para ir más deprisa. Afortunadamente el piloto es bueno y nos libra de bajarnos en algunos tramos donde otros si se tiraban. Pero las fuerzas empezaban a flaquear. De repente divisamos los Testigos, unas formaciones pétreas cilíndricas sobre un tepuy. Señal que nos acercábamos a nuestro objetivo. Pero aún nos quedaba superar el paso del Caimán. Un angosto camino entre rocas, donde una de ellas tenía la forma del reptil. Tras pasarlo con una pequeña dificultad y aplausos, se consigue ver el Salto Ángel. Todo el mundo relucía su emoción.
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Es temprano y en el embarcadero de Unaima (Canaima, Venezuela), está todo preparado para partir. Hay diversas agencias que organizan la excursión al Salto Ángel cada día. Yo voy con Kavac junto con un amplio grupo de 40 personas.
Nueva recolocación, esta vez en cuatro grupos, y cada uno con su guía. El mío está compuesto por cinco españoles y cinco venezolanos. El remontar el río requiere menos peso. Seguimos navegando por las aguas negras del río Carrao mientras un par de guacamayos bandera nos sobrevuela. El paisaje es increíble, vegetación por todas partes bajo los impresionantes tepuis.
Además, aunque era algo tarde, aún daba tiempo para lograr una subida con luz hasta el mismísimo Salto. 
