| Trancoso, el glamour más salvaje |
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| Brasil |
| Escrito por Daniel Pinilla |
Trancoso tiene una visita y no hay que dejarse guiar por el nombre. Se trata de una pequeña población costera de origen pesquero enclavada en el brasileño estado de Bahía, a casi 800 kilómetros de la capital Salvador, pero muy cerquita de Puerto Seguro. Nosotros salimos de allí en el clásico autobús con cero aire acondicionado y dispuesto a comerse todos los baches de la carretera, Conforme se acerca uno a Trancoso, la cosa deja de estar asfaltada, aunque la primera visión que tuvimos desilusionó bastante. Una playa demasiado atestada de gente y con chiringuitos con muy poca gracia. Un millón de grados para completar la estampa. Sin embargo, nos dimos una vuelta a la salida de la playa y encontramos varias casas de huéspedes muy punteras. Con piscina, verde, zona de sombra, bar y todo. Y nada caro. Nos pillamos una que regentaba una pareja de italianos y nos entregamos tres días al máximo relax. Caipirinha tras caipirinha y partidones de mus. Eso es vida. Grandes charlas en la piscina y además no había más huéspedes. La señora cocinaba de miedo con lo que no se podía pedir más.
El pueblo en cuestión está a un kilómetro y medio de la playa o algo así. El camino no tiene nada de luz, muy chulo para ver las estrellas, pero complicado por el mundo de los esguinces de tobillo o torceduras que puedes sufrir. Nos vino muy bien tener una linterna, porque alumbrarse con un móvil está fatal. E igualmente mal llevar móvil a Trancoso. No pega nada. En cualquier caso, hay un servicio de coches privados-taxis que no funciona mal y que te llevan rápido. Trancoso es pequeñito pero tiene mucho ambiente. Sus casas son de estilo colonial, están muy bien conservadas y cada una es de un color. Hay una plaza enorme, un poco agreste, todo con césped donde se está de máxima categoría. Hay un comedor de comida a quilo (se paga en función de lo que pesa tu plato en un autoservicio, algo de estilo muy brasileño) que puede valer. También hay un restaurante de fusión de comida japonesa-brasileña que es espectacular. Se come sushi con ingredientes de la zona. Muy rico. También hay un lounge-bar o algo similar, que se llama El Gordo. Vistas espectaculares, copas en vajilla buena, sofás de diseño y hamacas. Por supuesto, nos tomamos allí varias copas de calidad mientras se nos hizo de noche. Para rematar las noches nos íbamos, también junto a la plaza, a un bareto oscuro donde ponían forró a saco. Es un tipo de baile en plan lambada, pero bastante más explícito, por decirlo así. Muy díficil de bailar para un torpe como yo. De hecho, me encargué de pisar a todo el personal (sin querer) hasta que me fui de la pista dos minutos antes de que me echaran por torpe. Uno de nosotros ligó: se trataba de un travesti. Siempre hay que preguntar antes, lo que digo yo siempre.
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Trancoso tiene una visita y no hay que dejarse guiar por el nombre. Se trata de una pequeña población costera de origen pesquero enclavada en el brasileño estado de Bahía, a casi 800 kilómetros de la capital Salvador, pero muy cerquita de Puerto Seguro. Nosotros salimos de allí en el clásico autobús con cero aire acondicionado y dispuesto a comerse todos los baches de la carretera, Conforme se acerca uno a Trancoso, la cosa deja de estar asfaltada, aunque la primera visión que tuvimos desilusionó bastante. Una playa demasiado atestada de gente y con chiringuitos con muy poca gracia. Un millón de grados para completar la estampa. Sin embargo, nos dimos una vuelta a la salida de la playa y encontramos varias casas de huéspedes muy punteras. Con piscina, verde, zona de sombra, bar y todo. Y nada caro. Nos pillamos una que regentaba una pareja de italianos y nos entregamos tres días al máximo relax. Caipirinha tras caipirinha y partidones de mus. Eso es vida. Grandes charlas en la piscina y además no había más huéspedes. La señora cocinaba de miedo con lo que no se podía pedir más.

