| La inesperada experiencia de las mulatas en Brasil |
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| Brasil |
| Escrito por Víctor García Montes |
Antes de continuar nuestro camino a Jericoacoara (en adelante Jeri), teníamos que coger una embarcación que Joaka nos había reservado para visitar el Delta del Parnaiba, siguiendo el cauce del río del mismo nombre. Era fácil ver iguanas subidas a los árboles... sobre todo después de que nuestro barquero nos enseñara las primeras cinco.El barquero nos soltó en la misma desembocadura y nos invitó a perdernos en las kilométricas playas. Así hicimos: arena, agua, sol y cielo. Y ni un alma, todo para nosotros, para que después nos acercara a la Islas Canarias, no sé si llamadas así antes o después que las nuestras en España. Muy bonito paisaje, ambiente pesquero, cangrejeros... pero seguro que cangrejos los hay más sabrosos en las Canarias de África. Y de vuelta al jeep, pero no podemos evitar decirle a Chicha que se pare en las ambientadas playas que nos encontramos por el camino, y así lo hicimos para tomar un hot dog en el tipico puestecillo de playa. Acompañado, eso sí, de un buen caipirinha. Al volver al Jeep, chicha se mostraba preocupado, pues habíamos tardado demasiado, y dependía de las mareas paradejarnos en Jeri y poder volver. La única forma de ir era por la playa, pero había otra opción: quedarse a dormir en Camoçin. Afortunadamente así fue, pues esta ciudad pesquera tiene un encanto especial. Así nos lo contaba un argentino en su propio restaurante, El Mirador, que vino a parar a esta zona del mundo con su mujer e hijas huyendo de un desastre en su país que el mismo auguró, aunque al final fuera precisamente este lugar el que provocara su fracaso matrimonial... por culpa de las espectaculares mulatas, tal y como él mismo reconoció. Aunque estaba satisfecho de lo ocurrido y feliz con su buggy azul resplandeciente, ocupado probablemente, por distinta mulata cada día. Y nos indica que son las fiestas esa misma noche, de Parroquinha, un pueblito a unos 30 kilómetros m de Camoçin, y que no podemos faltar a esta cita, y simultaneando esta conversación con nuestro guia Chicha, le dice en portugués que no deje de llevarnos alli, pues no nos vamos a arrepentir, y así fue. Fue entrar en un recinto como un campo de baloncesto de grande, lleno de brasileñitas preciosas, bailando forró, éramos los unicos cuatro extranjeros de la fiesta, y casi ninguna de las mulatas perdia detalle, todas nos querían conocer, estabamos en un paraíso, no parecía real, bien sabía el argentino que nos iban a gustar esas fiestas... Al amanecer nos dirigimos al Jeep, donde nos esperaba el pobre Chicha tratando de dormir. Nos reconoció que a él ni le mirarían las brasileñas de aquel lugar, que él no tenía nada que ofrecerles. Es otra triste verdad de Brasil. Víctor García Montes
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Antes de continuar nuestro camino a Jericoacoara (en adelante Jeri), teníamos que coger una embarcación que Joaka nos había reservado para visitar el 
