Imposible no sentirse vivo navegando el río Negro PDF Imprimir E-mail
Brasil
Escrito por Víctos García Montes   

La naturaleza impone su poder en esta parte de BrasilNuestro hombre durante la travesía era Keca, Capitán Keca: rápidamente se ganó este apelativo cuando en una de nuestras incursiones por uno de los miles de subafluentes del río Negro, no dudó en sacar la mano por la proa y señalarnos a unos monos que se deslizaban por las copas de los árboles de la infinita floresta amazónica. "¡¡Macaco Prego!!", decía mientras estábamos en el techo del barco observando el verde panorama, pero sin conseguir ver fauna alguna.

Gracias a su ayuda llegábamos a contemplar un macaco prego tras otro, parecía que flotaban sobre la jungla, avanzando en la selva con sus ágiles patas. Enrollando sus fuertes colas en las ramas, conseguían coger impulso y avanzar un tramo más en vuelo, como si de garzas se tratara. 


Y volviendo al río principal, el Geraldo (nuestro barco) continuaba surcando el caudaloso río Negro, siendo uno de nuestros sitios preferidos el techo del barco, pero a partir de las cinco de la tarde, hora en la que el sol no castigaba tanto. Desde arriba observábamos el impresionante panorama de un río en el que casi no se podía divisar las dos orillas en prácticamente ningun momento de la travesía.

Parecía un minúsculo barquito en un inmenso océano. Un día más anocheció y buscamos un lugar para amarrar el barco y dormir, que solía ser el pequeño puerto o madera flotante de cualquier comunidad al borde del río. Antes de echarnos a dormir, nos damos una pequeña vuelta por la comunidad para ver el ambiente y comentar con los guías las diferentes constelaciones que se veían en nuestros respectivos hemisferios, sólo interrumpido por la voz de un predicador encima de una caseta hecha de madera con 15 niños indígenas escuchándole cómo terminaba cada frase con un eufórico ¡aleluya! que todos aplaudian.

El dia lo iniciamos en este mismo pueblo, la hora de levantarse era más o menos las seis de la mañana, y nos acercamos a una de las casas para ver cómo el más viejo de la comunidad hacía farinha de mandioca con la ayuda de sus hijos y nietos. Mientras calentaba una especie de paellera gigante sobre un horno hecho de barro, su hija con ayuda de su prole rallaba la farinha para echarla en la paellera, farinha a la que previamente se le habia eliminado el veneno, prensándola durante toda la noche con un artilugio casero de madera. Y como la típica espumadera europea no tenía el tamaño adecuado para tal recipiente, lo mejor para remover la farinha era el propio remo que utilizaban para navegar por los ríos. (continuará).


Víctor García Montes

Comentarios (1)Add Comment
0
Guille
marzo 30, 2010
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macaco prego

un apunte, ya que el nombre del simio aparece en el relato en portugués. Decir que en castellano se conoce como capuchino de cabeza dura.

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