| Lo máximo: parapente en Río |
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| Brasil |
| Escrito por Daniel Pinilla |
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Vamos, que seguía mandando entre rejas y estaba dispuesto a reventar el carnaval si no atendían a algunas reclamaciones suyas. A los dos días, lo trasladaron a una prisión de máxima seguridad en Sao Paulo, pero parece que el carnaval de Río sí que corrió peligro. En cualquier caso, a nosotros plim. Tiramos para Copacabana, donde habíamos alquilado un apartamento a través del tío de un amigo, y nos liamos a cervezas playeras nada más tomar posesión. El día siguiente fue uno de los mejores de mi vida: fuimos al sambódromo a desfilar. Se puede reservar por internet la plaza y el disfraz (que se llama fantasía) y la verdad es que es una experiencia acojonante. Acostumbrados a ver por la tele las enormes carrozas con sus mulatas y coreografías, uno no se cree que eso existe hasta que lo puede tocar. Nosotros desfilamos de madrugada, a partir de las dos. Un par de horas antes ya estábamos allí con nuestras fantasías puestas (llevábamos como un jardín encima, con un par de tucanes en los hombres y un sombrero lleno de fruta. Taparrabos muy ridículo, por supuesto). Las dos horas previas, que se llaman de concentración, sirven para congeniar con el resto de tus compañeros de desfile de la escuela de samba. Hay tramos que son los que hacen coreografías chulas al compás de la música y otros que sólo van armando bulla. Nosotros íbamos en los segundos, está claro. Lo impresionante fue doblar la esquina al saltar a desfilar, dejar atrás la zona de aparcamiento-precalentamiento y encarar el sambódromo de verdad. Creo que había unas 70.000 personas en las gradas, todas gritando, luz y música por todos lados. Subidón y felicidad total, imposibles de olvidar. Nosotros desfilamos con Beija Flor de Nilópolis, una de las escuelas más punteras pero que llevaba varios años sin comerse nada. Mangueira era la que mandaba. Fueron dos horas y pico de desfile que se pasaron en un suspiro. Te hartabas de lanzar besos a la grada, de hacer que la gente que señalabas con el dedo, se levantase de los asientos a aplaudir, de abrazarte con todo quisqui... algo tremendo.
Cuando acaba todo sientes que puedes decir que has vivido. Algo más tranquilo te puedes morir.
No queda ahí la cosa: pasados 3,4 días íbamos en un taxi justo cuando estaban proclamando los ganadores del carnaval de ese año. Y sí, ganó Beija Flor. No por nosotros, pero ganó. El taxista empezó a tocar el claxon como si llevásemos una embarazada y como vio que éramos unos emocionados nos dijo que las victorias carnavaleras se celebran tirándose en paracaídas desde un monte cerca de la floresta de Tijuca, el mayor parque del mundo dentro de una cuidad. Fuimos, ya anocheciendo y sólo daba tiempo a que saltase uno. Con oscuridad está prohibido.
Subí yo, pero al estar arriba me cagué (casi físicamente también) de miedo y le dije al tío que para abajo del tirón, que no podía. "He montado a niños pequeños y señoras mayores, no me lo creo", me dijo mientras me ponía los arneses de seguridad y yo daba pasos hacia atrás. Total, que salté. Los dos segundos hasta que la cosa se infló de aire fueron infinitos. Después, fue chulísimo. El tío era campeón del tema en la región de Río y desde las nubes llamó a su mujer para decirle que llegaría tarde, me hizo fotos y hasta me contó su vida. Vimos Maracaná iluminándose por la noche (había partido) y las playas de Tijuca, Leblón, Ipanema... De esas cosas que sabes que tienes que recordar porque no tiene mucha pinta de que van a volver a pasar.
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Río de Janeiro es como una ciudad de playa, pero a lo bestia. Nada más llegar al aeropuerto, temporada de carnaval claro está, nos sorprendió la presencia de un montón de retenes militares en la misma terminal. 
