| No todo son conflictos en Sudán |
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| Sudán |
| Escrito por Nathan David Coates |
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Llegué a un pueblo de granjero, Gaperref, que sirvió como la primera parada de más de interés. Me esperaba una noche bajo las estrellas a pleno raso del campo sudanés. Algunas hienas se acercaban a oler, pero por suerte suelen tener miedo a los humanos. La gente en el norte es muy musulmana. No bebe alcohol, es muy tranquila, ¡a veces es todo demasiado tranquilo! Mi siguiente parada fue la capital, Jartum, con más de dos millones de habitantes, ¿tal vez? Toda una supermetrópolis para un ciclista como yo. Pasé rápido sin entretenerme mucho, ya que mi visado era tan sólo de dos semanas. Y no fue fácil conseguirlo, ya que estuve para ello esperando medio mes en Adís Abeba, la capital etíope, además del desembolso de 150 dólares. A más de cien kilómetros de la capital por una excelente carretera me planté en las pirámides de Meroe. Construida por los faraones negros cuando gobernaron Egipto. No son grandes, realmente pequeñas. Pero a diferencia con las del país vecino, el sentirte sólo con la historia, ese yo y las pirámides embebidos en un desierto que ha devorado estos monumentos con el tiempo acrecentaba mi interés. Respiraba y sentía por este bello momento. Un gran sitio fue Dongola. Sin duda mi destino principal, y cuna de la cultura Nubia. La ciudad en sí, no es muy interesante. Casas bajas, mercados,… Fue la amabilidad de su gente, la razón que marcó este lugar para siempre en mi mente. Lo recomiendo para descubrir la nobleza del ser humano. Salí de Sudán recordando su gente tan amabilísima. Una recomendación, quien venga al país buscando monumentos se equivoca, pero si acertará el que busque el lado más bondadoso de las personas.
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Comentarios (1)
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Entré en Sudán para recorrerlo con mi bicicleta, accedí por su frontera con Etiopía. Un panorama desértico pero con buenas carreteras en general. Aunque los últimos 600 kilómetros dirección norte fueron de arena con lo que castigo más mis piernas. 
