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El mito de África es historia. Al menos, el que describiera Joseph Conrad en 1902 con El corazón de las tinieblas se me ha convertido en cartón piedra. Durante mi última estancia en Sudáfrica, agarré y me fui con Maurizio, un italiano compañero de trabajo de un amigo en Johannesburgo, y le acompañé a una visita de trabajo a Sun City (en la North-west province), un amago de complejo del estilo de los que pululan por el levante español, como Marina d’Or, o en determinadas playas caribeñas.
Sun City está al norte de Pretoria y se supone que pretende escenificar un templo perdido en las montañas al estilo de las películas de Indiana Jones. Vaya birria. Se trata de un horterada en toda regla con una playa artificial (cerrada, estamos en invierno) y un casino enorme con ludópatas a toda pastilla enganchados a las tragaperras con el cubilete de monedas como acompañante y los ojos enrojecidos de tanto darle a la palanca. Un espanto para mear y no echar gota, parece sacado de un film de bajo presupuesto. Y encima te cobran entrada.
Tirado al barro como estaba, decidí darme un pequeño lujo (no asiático, claro) y apostar por una comida en condiciones. Patinazo. En el 'máximo exponente' de la modernidad del país no hay ni siquiera boerwors ni braaivlees, la popular carne asada afrikáner. Cero sofisticación: sólo se puede aspirar a hamburguesas y pizzas. "Señor, es una carta occidental", me cuenta Lionel, el camarero. Como si eso fuera para estar orgullosos.
Lamentablemente, la comida por Sudáfrica es sota, caballo y rey. Si uno quiere comer antílope o algo por el estilo para dársela de exotismo, sólo le faltará la boina para hacer el cateto. Eso sí, en Sun City vi los primeros obesos sobrealimentados de todo el viaje (el día y la noche con lo que me encontré en Losoto). Mal vamos por ese camino de 'progreso'.
Daniel Pinilla
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