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Las tierras angoleñas deparan multitud de sorpresas, ya que a veces sales con un rumbo sin saber lo que acabará pasando. Éste fue un viaje que me llevó desde Benguela, una ciudad que frecuento muy a menudo por motivos de trabajo, hasta Namibe. Eso sí, dando un rodeo por Huambo en el interior.
Angola me destapa por su lindura y su buena gente. Aunque la necesidades de sus habitantes son las que son. Pude ver cómo unos niños de Benguela, disfrutaban del primer yogurt de su vida. Atónitos de no saber qué hacer con este alimento semilíquido, no dudaban en poner las manos para repartírselo. Impactante situación.
Normalmente, todos estos viajes que he realizado en el país durante cinco años, siempre he ido solo, a mi aventura. Aunque en esta ocasión, para ir de Benguela a Huambo, me aconsejo mi ‘hermano’ angoleño que no fuera solo. Entonces le dije: “le dije no te preocupes mi hermano, yo ya conozco bien estas tierras”. Pues al principio todo daba sensación que la carretera estaba asfaltada. Que por cierto revente mis dos ruedas, de mi querido Ranger Rover. Así que me quede tiradito 24 horas en el 'Mato'(selva); pero gracias a Dios que hubo un alma querida que me salvo.
Seguí con mi ruta, me frote los ojos y no me lo podía creer, “coño, la carretera solo tiene asfalto en el margen izquierdo joder, bueno pues será así”. Pero al final me di cuenta que el asfalto terminó. “Jolines, ¿dónde está Huambo? Caralho (como dicen los locales hablando en su portugués)”. De repente la carretera se corta y una pequeña señal que no inspira nada de confianza muestra la única alternativa del camino. Pensé: “será que esta señal que pone Caála, o será el camino o que algún graciosillo habrá colocado”. Bueno, al final llegue a Huambo, pero ¡dos días más tarde!
Al llegar a Huambo, mi querido amigo tiene una casita colonial muy linda, en la que me hospedé. Yo le comenté: “veo mi amigo Arsenio, esos agujeros que tienes en la pared ¿qué son? Jolines, ¿la guerra paso por aquí?”
Desde Huambo en el interior me dirijo al final de la etapa la ciudad costera de Namibe. Aparte que hay que pasar por una ciudad de curioso nombre: Caraculo. Sirvió para echar unas risas. La ruta me deparó pasar por un peaje de lo más rudimentario. Una valla de apertura manual con una señal de Stop. Pensé que fuese una autopista de dos carriles o una recta para llegar a Namibe. Pero no, eran como 300 curvas en diez kilómetros. Es la Sierra de la Leva, "ay mamasita mía".
Pero por al fin y al acabo a pesar de las curvas, llegué a Namibe, un sitio precioso. Un hotel hecho de casetas prefabricadas de obra puede ser de tres estrellas o algo parecido por estos lares. Buen sitio para pasar la noche tras largo viaje. ¡Casi mil kilómetros desde que dejé Benguela!

Álvaro Vallés
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